Editorial – Enero 27

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El vacío de poder

Los primeros mandatarios de la vasta y peligrosa región amazónica gobernaron desde lejos. Nunca estuvieron por estos lares boscosos y no soportaron las agresiones de los endiablados  zancudos. Los Vaca de la Vega, desde la lejanía, hicieron de anchas o mangas un mal gobierno. El otro que iba a legislar en beneficio de estas tierras ardientes y húmedas desde Lima, desde lejos, fue el zumbón y picaresco don Ricardo Palma. Entre tanta distancia de los mencionados hubo ausencia, vacío de poder, abuso del centralismo de siempre.

La costumbre de gobernar desde lejos, desde otro lugar, no fue erradicado. Los más grandes evasores del presente son los burgomaestres distritales que paran en las ciudades, con oficinas alquiladas y asesores oportunistas, lejos de la gente que los eligió. Lejos de todo, lejos de los problemas que deberían resolver. En estos momentos de drama y de muertes que se incrementan, en Iquitos, hay un eventual vacío de poder. No están las principales autoridades. Se han ido como si nada. Don Carlos Calampa, mandamás de la salud mortal de esta plaza lacerada, también se irá como hace unos días, a una reunión tripartida mientras el dengue se triplica.

En la calle Cahuide, a escasos metros de la Facultad de Enfermería de la gloriosa UNAP, sigue presente el cerro de inservibles y basura. Evidente, monumental, soporta las lluvias, los soles diarios y las miradas de los que pasan por allí. Las autoridades esenciales de estos predios prefieren viajar, dejando ese montón oscuro desde donde puede surgir otra epidemia. Prefieren irse dejando un vacío en la lucha contra la peste del presente. ¿Dónde está el aguerrido y combativo comando de lucha contra la epidemia? En otra parte, lejos de la ciudad, lejos del terrible problema que sigue incrementando la urna funeraria colectiva.

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