Editorial – Enero 18

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La dictadura del caciquismo político 

La renuncia de la candidata presidencial Mercedes Araoz dignifica a la pervertida profesión política de este país. Desde un principio, desde que aceptó postular por el disperso partido aprista, ella fue clara al decir que no aceptaría a personas con problemas con la justicia. Ha cumplido con su palabra y eso es ejemplar en este Perú,  donde la mayoría acepta los bajos fondos como si nada. El acomodo es la conducta normal de tantos. El caciquismo aprista, ese clan o cofradía donde siempre ganan los mismos nombres que se reparten el poder cada cierto tiempo, ha sufrido un serio cuestionamiento, un certero golpe.

El caciquismo político es una lacra sin remedio. Una dictadura declarada o no que perenniza a un líder y a los que logran subirse al privado y excluyente tren. Ese caciquismo no aceptó las saludables condiciones de Mercedes Araoz y permitió que el tantas veces burlado y ahora cuestionado Jorge del Castillo volviera a postular al Congreso. El cacique no acepta el recambio, el retiro. Nadie sabe de dónde ha sacado del Castillo la creencia de que es imprescindible, de que siempre tiene que ser protagonista. Como si en el país no existieran más personas capaces de sentarse en los escaños. En su mismo partido, por supuesto.

El caciquismo es la petrificación en la  misma ruina. Es la eternidad de un rostro y de un nombre que impide el recambio, el surgimiento de las nuevas generaciones. Es la presencia de próceres de mentira que han contribuido al rebajamiento de la política. El cacique ignora la renuncia a su cuota de poder. Se cree predestinado para seguir en sus trece. Don Jorge del  Castillo no supo dar un paso al costado y el Apra se quedó sin candidatura a la Presidencia. ¿O los compañeros en el poder están pesando más en el 2016?

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