Editorial – Diciembre 9

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La trafa laboral

La salud, entre nosotros,  está más enferma de lo que supone el papanoelesco ministro Ugarte.  No solo se trata de la atención a destiempo al paciente, de las operaciones erróneas, de la falta de medicinas, de la ausencia de una política global donde la prevención de las enfermedades sea prioritaria. Muchas habas se cuecen entre algunos de los trabajadores de ese sector. En cada peruano, en cada amazónico, parece haber oculto un pícaro, un vivo, un ser dispuesto a sacarle la vuelta a todo. No importa cómo se llame, cuánto gane, dónde viva y qué coma. Según Cervantes, los gitanos nacieron para robar. Los peruanos también, salvo excepciones.

En la extraviada opción de la viveza se ubican ciertos trabajadores del hospital regional. Sucede que entraron en los predios del delito al seguir trabajando luego de recibir la liquidación acordada. No se fueron a sus casas, no emprendieron algún negocio inversionista. Ni siquiera buscaron  otro trabajo. Siguieron en la misma entidad que les había liquidado. A dos manos golosas, a dos cachetes hambrientos,  siguieron trabajando como si no hubiera pasado nada, y cobrando puntualmente sus sueldos. Así estuvieron años y años en franca transgresión de los dispositivos laborales vigentes.  Sin que nadie descubriera el dolo. Increíble. Asombroso. Nefasto. 

En el presente, de acuerdo a la ley nacional vigente sobre el trabajo,  los 22 personajes vinculados a la cutra regional tendrán que devolver el dinero cobrado ilegalmente. La suma es respetable y cada uno tiene que poner de la suya. Ninguno de ellos  puede hacerse el disimulado, inventar excusas de abusos de la patronal u otra disculpa innecesaria. No hay nada más que hacer. La picardía laboral no puede quedar impune en este país donde la impunidad es una indeseable costumbre.

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