Editorial – Agosto 9

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Capítulos de gastronomía amazónica

Nadie, ningún cocinero, ningún mozo, hubiera pronosticado que en estos tiempos la gastronomía se convertiría en una profesión expectante, promisoria. El arte de preparar los alimentos, de parar la olla, de servir platos para saciar los paladares de propios y extraños, no era apreciado hasta hace poco. Era un oficio disminuido, sin motivo de orgullo, ni galardón después del banquete. Hoy las cosas han cambiado y el cocinero puede alcanzar una fama reservada a los peloteros. El señor Gastón Acurio, por ejemplo, está hasta en la sopa de los peruanos, siempre comiendo, bebiendo o declarando sobre esto o aquello. Es decir, la cocina se ha vuelto una industria con sazón, capaz de generar grandes ingresos.

La comida de todos los días ya no es un simple hecho del instinto, una necesidad corporal ineludible, sino motivo de contienda, de competencia. Todos los países quieren tener el mejor plato, el mejor desayuno, el mejor almuerzo, aunque comer sea, en muchos casos, dañino para la salud. Para no quedarnos atrás nuevamente, para estar a la altura de los tiempos, este diario ha decidido publicar una serie de fascículos que tienen que ver con la gastronomía amazónica. Esos platos, con su aroma de bosque, su esencia fluvial, su sazón de madres y mujeres insuperables, son todavía desconocidos en el Perú.  

En El rodaballo Gunther Grass noveló la importancia que puede tener la cocina, el arte de las cocineras, el plato servido, la necesidad de comer de los demás, en la vida de una comunidad.  Es por ello que los fascículos, con su escritura de platos, de preparados, de recetas, antes que una guía para cocinar, son  una memoria de la gastronomía. Memoria que quedará para las generaciones, evitando así que la elaboración de platos se pierda.

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