Editorial – Agosto 3

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El Palacio edil destruido

En la segunda cuadra de la central calle Napo, de Iquitos, hay ahora un panteón de ruinas, un cementerio de desperdicios. Es como si por allí hubiera pasado la fuerza arrasante de un huracán o la furia destructiva de un sismo del trópico.  La ruma de escorias es como una fea cicatriz en el rostro de la ciudad. Allí, hasta hace poco, se levantaba el antiguo edificio edil, abandonado, deteriorado y hasta peligroso para la integridad de las personas. Pese a ello no era cualquier construcción. Era un edificio levantado en 1936, durante la gestión del alcalde Palacios,  y era la innovación arquitectónica de ese momento.

Entonces, nadie podía demolerlo así por así, apelando a cualquier consideración, porque es una violación flagrante de los dispositivos  sobre la conservación de inmuebles dentro del área del denominado Patrimonio Monumental. Conservar y no demoler implica la aparición de la palabra remodelación. Y eso es lo que hoy por hoy prima en el espíritu de cualquier ciudad de la tierra. Y esa  posibilidad se perdió con los tractores que arrasaron con todo en dicho espacio. Y por ello el burgomaestre Salomón Abensur Días ha sido denunciado ante la justicia.

El burgomaestre de Maynas podrá tener sus razones para proceder como procedió, podrá decir esto y lo otro sobre su decisión, podrá esgrimir sus razones demoledoras, pero lo que cuenta es que lo mejor hubiera sido que sea producto del consenso. Y eso se tendría que haber dado antes de cualquier intento de demolición y sin menospreciar a una entidad como el Instituto Nacional de Cultura que con algunos matices -quizás un poco inaceptables- ha dicho su palabra en lo que le compete: la preservación del patrimonio. Hay que entender que la ciudad es el espacio de todos y si bien el Alcalde es el que la administra sería mejor que todo lo que se haga sea producto del consenso con quienes conocen del tema.

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