Editorial – Agosto 2

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Tocache en la llanura

En los boscosos laberintos amazónicos, el Perú no avanza como dice la encendida oratoria oficial, ni se beneficia de la supuesta explosión económica. Este país, aquí en la montaña, retrocede o se queda en el mal de siempre. La frontera verde ha sido siempre el peor patio trasero, el más despreciado pariente pobre. Ahora la cosa ha empeorado. No es el límite donde reside el caserío, la pequeña aldea, donde impera el descuido, el abandono. Es una ciudad selvática cercana, a la vuelta de la esquina. Se trata de Caballococha.

O el lugar  donde la paz se ha perdido y donde campean los más avezados delincuentes, traficantes, esbirros de todos los delitos. En el pasado selvático, Sanabamba era el antro donde residían los prófugos de tantos atracos, los prontuariados que escaparon de los rigores de la justicia,  los faites de todos los asaltos. Hoy ese ingrato privilegio la tiene Caballococha. Ese lugar, donde hace poco  reinaba el sosiego provinciano, la calma de la conversada reunión, el júbilo del festejo tradicional, ha caído en las garras del delito de delincuentes de tantos lugares.

Es el nuevo Tocache, el Tocache de la Selva Baja, el Tocache de la llanura, con el agregado de la presencia de los alzados en armas contra el estado colombiano. En un acto infame, los increíbles hermanos Ulloa recomendaron hace siglos que la crápula de los bajos fondos debía colonizar la agreste maraña. Hoy esa descabellada y torpe iniciativa parece cumplirse en Caballococha. Pero, desde luego, ningún lugar prospera con el escapista, el monrista, el asaltante. De manera que se debería declarar en emergencia a esa urbe sitiada. Y el ministro Rafael Rey, antiguo perseguidor de Alan García, debería comandar una batida formidable contra los asaltantes que invaden Caballococha.

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