Crónicas bahianas

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Aquí se ha mezclado todo: todas las cosas están mezcladas en esta tierra

Jorge Amado

Desde mi sofá azul Del Olmo leía con avidez al escritor brasileño y universal, Jorge Amado “Bahía de todos los Santos. Guía de calles y misterios” y en verdad que es una buena preparación para venir a esta ciudad costera al borde del Océano Atlántico. Para mí, tenía y tiene, al pisar las arenas de esta ciudad un gran valor simbólico porque por esas razones del azar y de los viajes estuve en la Puerta de No Retorno en Ouidah, Benin. Muchos de los esclavos negros traídos de esas tierras africanas han echado raíces en esta parte de Brasil y la última puerta que veían era la de Ouidah. Seguro que era un mar de emociones, para mí en Ouidah era escuchar los quejidos, los lloros y las lágrimas. Es más, en esa travesía conocí a un muchacho, que era el guía en un museo que era un antiguo fuerte portugués desde el cual se exportaban y explotaban esclavos. Este muchacho atesoraba en sus manos el testimonio de sus ancestros que habían hecho el viaje de ida a tierras brasileñas como esclavos y también el de retorno a Ouidah – aquí en Bahía me dicen que hay muchos testimonios de ese viaje de ida y vuelta. Así con toda esta mochila emocional las crónicas de Jorge Amado sobre esta ciudad me venían como anillo al dedo para comprender mejor la historia de estas personas que eran migrantes a la fuerza del colonialismo. Gozaba en cada página mientras explicaba el mundo palpable de la ciudad y también ese mundo subterráneo de los candombles, oxiras y demás dioses africanos. Amén de la cocina como el exquisito acaraje, Aquí se vive en clave de sincretismo de credos, de sabores y razas tanto que algunos están cuestionando ese sincretismo, en están en pleno proceso de desmontaje, hercúlea tarea. A unos metros donde nos hospedábamos pude ver la Igreja de Santa Ana y al lado el santuario o Casa de Yemanjá la diosa del agua que los pescadores le rinden culto y también funciona al mismo tiempo como la casa de pesos de los frutos que extraen del mar. Mientras el taxi nos llevaba del aeropuerto al hotel escuchaba dentro de mí los sonidos de los atabales de los negros libertos en los quilombos. Es una señal de vida de esta ciudad intensa.

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