Contrapunteo – Junio 18

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Papito

ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel

En la pobreza se sabe querer
Canción popular
No sé qué edad puede ser la ideal para comenzar a disfrutar de la paternidad. Pero me imagino que será una ni tan cercana a la tercera edad que te confundan con el abuelito ni tan cercana a la adolescencia que te confundan con el tío que nunca se tuvo. Y digo disfrutar de la paternidad porque si uno se convierte en padre y no comienza a disfrutar de ella no vale la pena. Claro, siempre desde la experiencia personal. Mi padre murió cuando yo ya había disfrutado mucho de él. Pero él no disfrutó mucho de mi. Mejor: faltaba esa reciprocidad que se entiende por devolver todo lo que uno recibió. En su pobreza (entendida ella como no poder complacer lo que un hijo pide) don Carlos Toribio me dio todo y ha hecho que siempre le recuerde como un padre fenomenal, como quisiera que mi hijo recuerde el trato que le doy.

Me concibió bajo el amor de Julia Judith allá por las riberas de Barranca, ese campamento cívico militar del Alto Amazonas, convirtiéndome en el huinsho de siete hijos. No puedo haber tenido la edad para estar en una escena que mi memoria siempre evoca –pues salí del pueblo antes de cumplir los dos años- pero le recuerdo con un cuaderno de apuntes donde anotaba la fecha de salida y entrada de los que se portaban mal en el pueblo. Era, muchos años después me enteraría, lo que se llamaba teniente gobernador. No sé porqué pero tengo esa imagen de autoridad de él. Y también creo verle surcando las aguas de un lado a otro para conseguir los alimentos que mi niñez necesitaba y mis hermanos urgían.

Luego su recuerdo da un salto a las canchitas de fulbito. Yo empezaba a darle al balón en los torneos de “Pelota de Trapo” y él era mi delegado, mi entrenador y mi principal cómplice en las jugadas fuera y dentro de las canchas. Fue en esas correteadas nocturnas antes y después de los partidos que se sorprendía porque empezaba mis aventuras con las chiquillas que casi siempre o eran hermanas o primas de mis compañeros de equipo. En esa época era el padre protector. Y me encantaba que me cuidara de los avatares de la vida que ya en esos campeonatos se percibía. Mi etapa de Secundaria está marcada por una mayor presencia de él. Estudiaba en la mañana, trabajaba y entrenaba en la tarde y en las noches salía a las rondas juveniles con todos los chicos buenos y malos en busca de chicas no tan buenas. Fue en ese período que recibí –creo- la más importante herencia paternal que se pueda: trabajar para llevar el pan a la casa con el sudor de la frente y que en la pobreza se sabe (debe) querer.

Sus manos encallesidas por la fibra plástica competían con las mías aunque con objetivos diferentes. Él trabajaba para que no faltara la comida con los despilfarros momentáneos y yo lo hacía para comprarme el regalo que el mercantilismo nos imponía. Ya en la Universidad comencé a verlo como el hombre que espera la conversión de su hijo en todo un profesional para ser “útil a la sociedad”. Ya ejerciendo el periodismo le veía cómo brillaban sus ojos ante los descubrimientos cotidianos. Cuando saqué la primera edición de este diario sus manos temblaban de orgullo y es una imagen que –vaya coincidencia- siempre recuerdo en junio porque se celebra el día del padre y un aniversario de Pro & Contra. En esos orgullos mutuos andábamos cuando una mañana sabatina la mejor de mis cuñadas me avisó que su cuerpo había caído en medio de una calle y un amigo lo devolvió a la casa. Cuando llegué a la Putumayo le vi sentado en una silla que él mismo había construido y ahí me di cuenta que su carita tenía la inocencia de la infancia y que su palabra “tranquilo, estoy bien” era solo para tranquilizarnos porque su cerebro –después la tomografía lo confirmaría- ya no era el mismo.

Nunca más volvimos a tener un diálogo coherente. Hasta que después de 63 días de ese hecho mi hermana Lula me comunicó que había muerto. En ese momento sentí desmayarme y, ojo, que los triglicéridos no hacían estragos todavía en mi cuerpo. Sin él la vida no es igual. Pero hay que acostumbrarse a su ausencia. Los que han perdido a su padre, los que nunca lo tuvieron o los que reniegan a su lado saben que nos hacen inmensamente felices. Y me dio por escribir estas líneas después de ver el último domingo a mi hijo jugando el fútbol y gritar un gol de su equipo. Dije: así habrá disfrutado mi viejo los goles que yo metía y habrá sentido el mismo orgullo que siento por Carlos Maurilio y ojalá que este hijo mío reciba la única herencia que vale la pena: amor al trabajo y llevar el pan a casa con el sudor de la frente. Lo demás, es accesorio, menudencia. Porque las lágrimas que me brotan cada vez que recuerdo sus consejos, sus silencios y sus carajeadas más que una debilidad son un homenaje a un hombre que siempre será el papito eterno y que aún en la eternidad sigue con nosotros desde la mirada fotográfica que nunca se borra y siempre me acompaña. Y la mejor forma de alegrarle la vida eterna será tratando de hacer feliz a mamá Julia, a los seis hermanos con toda su familia y, claro, a los hijos que llevan su sangre y a quienes siempre le diré que tuve el mejor papá del mundo y quiero que ellos también lo tengan.

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1 Comentario

  1. Jaime, realmente los comentarios que haces en recuardo de tu papá son recuerdos imborrables de personas como tu que lo gozaste en vida, pero los que no tuvieron a su lado nos contentamos ahora con darles mucho amor a nuestros hijos, felzmente quien escribe estos comentarios tuve y tengo con el favor de Dios a mi abuelita Maria, quien con mucho amor y mucho teson nos dió el cuidado necesario y los que es más importante nos enseñó los valores morales y espirituales para que ahora sus hijas, nietos podamos seguir el camino correcto y como no agradecer a mi madre, que mientras ella trabaja duro y traia el sustento a casa, nuestra abuelita nos daba una buena educación, por eso sentado y compartiendo de un rico almuerzo en el Restaurant Aguajal de Jesus Maria, veo en mi hijas Cyntia, Katty y Jackeline Lucero el reflejo deuna buena enseñanza de parte estos seres queridos que representan para mi a mi padre que no tuve en mi niñez, pero que lo agradezco eternamente por darme la vida, y por poder compartir estos lindos momentos felices aue comparte junto y al lado de mi querida espoza Loydith mi amor eterno, y mis bellas hijitas.
    David Ramirez
    Jesus Maria
    Lima Perú

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