Cinco años después (III)

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He retrocedido cinco años para recordar lo que avancé. Saramiriza, en la provincia de Datem del Marañón, es un distrito que administrativa y políticamente forma parte de la región Loreto. Hacia allá fuimos. Pero su vínculo sentimental con la capital loretana es nulo. No existe. Así lo dicen en calles, plazas y cada vez que alguna autoridad loretana o nacional los visita. Despotrican con las palabras más repugnantes que puedan. Y un loretano razonable tiene que darles la razón. Mientras los mercachifles de la política que se reproducen como cuyes en Iquitos gritaban contra el Tratado de Paz con Ecuador, en Saramiriza los pobladores salieron a las calles entusiasmados por el mismo documento que se firmó en Brasilia en octubre de 1998. Otra realidad, cierto. Otra gente, también cierto. Otros políticos, demasiado cierto. Por eso cuando el presidente del Congreso de ese tiempo se comprometió a enviar una ambulancia se cumplió en el menor tiempo que la burocracia permite. Llegó la unidad. Pero es un aporte mínimo hacia un pueblo que se siente olvidado y que tiene en los pobladores del norte –no del oriente- del país a los abastecedores de productos y de profesionales en todos los campos. Y esa deuda de Loreto con Saramiriza no se saldará nunca.

Como nunca se atenderá como es debido y merecido a los comuneros de Musakarusha en el río Pastaza. Olvidados entre los olvidados. Arrinconados por la Costa y también por la Selva. Por costeños y selváticos. Atropellados, encima. Un poblador nos mostró documentos donde una entidad estatal pretendía cobrar a la comunidad por haber repoblado de taricayas el lago Rimmachi. No sólo olvidados, se habrá visto, sino también maltratados. Olvídenlos pero no los maltraten, en último caso. Ahí está esa comunidad, donde nos detenemos a disfrutar de un caldo de gallina que, según la versión popular, son alimentadas con líquido de los muertos porque esos animalitos deambulan por debajo de las barbacoas que sostienen a los fallecidos. Ahí vimos las barbacoas y, como otros, saboreamos un exquisito caldo con agua del lago Rimachi. Otros dijeron que estaban –con una falsedad bien entendida- llenos.

Qué ironía de la vida. La decisión de julio del 2012 me permitió regresar a la tierra donde nací. Pero no sólo al fundo Estrella sino a los de alrededor. Y en todos ellos comprobé que les hemos tratado mal. En todos los sentidos. Los tenemos como un punto en el mapa y para algunos, como es mi caso, sirve para la añoranza del terruño y la nostalgia de los caminos de la infancia. Tienen todo para lograr mejorar la condición de vida. Algo impide eso. Algo.

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