Bartleby de paseo por Isla Grande

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Se despertó casi al alba. Los días del estío amanecen más temprano, eso le insufla energía para poner el pie fuera de la cama. Casi a medio despertar da una caminata alrededor de la plaza, parece que lloverá hoy, predicción que pondría en cuestión a los pronósticos de los meteorólogos que auguraban un tiempo seco – aquí nadie cree en ellos, salvo él y sufre urticantes chanzas por creer en las personas del tiempo. Antes de las cinco de la mañana apenas hay transeúntes, motocarros, marchas reivindicativas, carros, autobuses. Media hora más tarde esto se llena de una batahola intolerable. El paseo debe ser puntual y volver a la habitación antes de las cinco y media. Se da una ducha, hace un buen café y otra vez a escribir por las mañanas y por las tardes a leer las obras que ha seleccionado. Las aspas del ventilador siguen dando vueltas. Después del despido del trabajo se ha puesto más disciplinado con lo que le gusta. El trabajo de oficina siempre aborreció pero por estas semanas le ha brotado cierta alergia al laburo reglado de horario y de escuchar las órdenes redichas del jefe. Ayer por la tarde releyó el cuento de “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville, y luego de leerlo se quedó tieso, sin moverse en su sillón azul. Es como si esa historia narrada lo hubiera escuchado o vivido antes. El escribiente y protagonista del relato de Melville un buen día dijo que prefería no hacerlo. Y no volvió a escribir hasta su despedida de este mundo. El ventilador apaciguaba el calor con sofoco que abrasaba su cuerpo, señal de la fuerza del verano como dicen por este puerto extinto – antes llegaban barcos de todas partes, de Europa y Estados Unidos, hoy difícilmente llegan y son contados con los dedos de una mano. El cuento de Melville fue un pistoletazo a su recuerdo, se dio cuenta que por este puerto ha habido muchos escritores con ese síndrome de Bartleby ¿podría ser él? En esta cohorte entran Robert Walser, Salinger, Juan Rulfo entre los más distinguidos. Escribieron y un día dijeron que preferían no hacerlo. Recuerda que cuando visitaba al gran poeta Germán Lequerica, en su casa por la calle Putumayo, Germán le comentaba con su pausada voz que la inspiración y las razones para escribir se habían menguado – aunque curiosamente él escribía y publicaba a cuenta gotas, muy poco o casi nada de poesía. El se sentía seco de cara a la creación poética aunque había escrito al alimón algunas historias para niños. Uno de sus penúltimos (o antepenúltimo) poemas fue publicado en la revista “Varadero” luego de una intensa persuasión de la poeta Ana Varela para su edición  ¿Era Germán un Bartleby de la floresta? Otro escritor, gran tertuliano de filuda lengua, era Manuel Túnjar que escribió una novela sobre su experiencia en prisión y no volvió a escribir más ¿Manuel habrá pasado por el mismo síndrome de Bartleby? Al menos no tengo conocimiento que Manuel haya publicado algún otro cuento o novela. Seguro que hay otros más ambulando por la floresta ¿Qué les pasa por la cabeza para no escribir más?, ¿es perder la fe en la escritura?, ¿Qué nos hace perder esa fe en la escritura?

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