Bandera en alto – Junio 30

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Narcotráfico y desarrollo regional

Moisés Panduro Coral

Existe una relación estrecha entre la lucha contra el narcotráfico y la realización del desarrollo regional en la amazonía. Este es un tema que muchos quisieran obviar o quisieran pasarle a segundo plano. No es correcto hacerlo no sólo por que las noticias teñidas de sangre de las víctimas y copiosas de horror de las poblaciones rurales impactan en una sociedad poco acostumbrada a estos hechos, sino porque el problema es multisectorial y abarca todas las esferas del Estado, es decir, nos compromete a todos.

El narcotráfico tiene una conexión consistente y abierta con todas las formas de violencia, incluyendo el terrorismo. Allí donde hay narcotráfico la violencia asienta sus reales en todas sus modalidades. Ya lo dijo alguien en su momento: el sendero del narcotráfico es el sendero del terrorismo. Cuando el narcotráfico sentó su feudo en el valle del Huallaga, allí estuvo el terrorismo que asoló pueblos enteros. Cuando el narcotráfico se trasladó al VRAE allí se inició lo que hoy es un escenario de violencia que sacude a la población. Ahora que el narcotráfico está en la triple frontera y en gran parte del territorio loretano, no hay que ser versado en la materia para inferir que, si no se toman medidas rápidas y coherentes, la violencia se irá expandiendo en una espiral que será difícil detener con el tiempo.

Y cuando hablamos de medidas rápidas y coherentes no estamos refiriéndonos únicamente al campo de la acción policial- militar, de represión de los agentes de la ilícita actividad y de sus aliados violentistas, como equivocadamente creen algunos que ven el problema como un asunto de competencia exclusiva del gobierno central. No se trata de enviar escuadrones policiales para enfrentarse a las bandas de narcotraficantes y asunto arreglado. El tema es más complejo porque junto a la acción policial- militar que tiene su importancia en cuanto a la afirmación del orden y la legalidad, debe atenderse otros campos del problema: social- familiar, político- institucional, económico- productivo, ambiental- climático, geopolítico- de desarrollo fronterizo.

Y se vuelve más complejo todavía si tomamos en cuenta la espeluznante cifra de 500,000 millones de dólares que mueve el narcotráfico a nivel mundial que equivale al 8% del comercio en todo el planeta y que se asienta en los más de 200 millones de seres humanos que son afectados por el consumo de la droga. En el Perú, el narcotráfico produce 22,000 millones de dólares, o sea menos del 5% del total mundial, mientras que para combatirlo nuestro país destina sólo 600 millones de dólares. Obviamente, ésta es una cifra irrisoria porque, como hemos señalado, el escenario de confrontación es múltiple. Por ello, es irracional, torpe y de descerebrados pretender que podemos enfrentar solos al narcotráfico sin recurrir a la cooperación de la comunidad internacional, aplicando el principio de responsabilidad compartida que tanto se reclama y que necesariamente incluye la participación de los países que tienen entre su población a casi el 100% de los consumidores.

Es cierto que las propuestas de solución al problema del narcotráfico deben considerar los aspectos de producción, tráfico y consumo, y que siempre apuntamos a atacar la producción, -la oferta-, y también el tráfico, y poco o casi nada hacemos respecto del rubro del consumo más allá de la detención, a veces, hasta anecdótica de los consumidores. Existe aquí una enorme responsabilidad de los Estados Unidos, España, Inglaterra, entre otros países, que según un reciente informe internacional tienen el mayor índice de consumo de droga en el mundo respecto de su población. Claro, no es comparable el 2.6% consumidora de cocaína de una población de 40 millones que tiene España con el 2.5% consumidora de cocaína de una población de 290 millones que tiene Estados Unidos. En todos los casos, estos países tienen la obligación de evitar que “su” demanda promueva “nuestra” oferta. Eso no significa que en el Perú, y en Loreto, en particular, nos quedemos de brazos cruzados ahora que tenemos el nada agradable y poco honroso título de ser los primeros productores de hoja de coca en el mundo con 109 mil toneladas métricas en 2009, desplazando a Colombia al segundo lugar que registró 103 mil toneladas en el mismo año. En función a esta perspectiva, me he permitido esbozar algunas propuestas que aquí consigno.

En el campo de la acción social- familiar, además de la pedagogía de valores que debe encauzar la educación regional transversalizando los principios éticos y morales con los temas ambientales, políticos y económicos, debemos hacer los máximos esfuerzos para atacar la raíz del problema que es la escasez de oportunidades para la captación de ingresos familiares. He propuesto como meta la creación de 100,000 empleos en la región Loreto, impulsando el sector construcción porque es el que mejor absorbe la mano de obra calificada y no calificada, reactivando el sector forestal que hoy tiene más de 80,000 personas afectadas por una crisis que lleva ya cerca de dos años, estimulando el emprendimiento productivo rural y atrayendo con eficacia la inversión privada.

En lo policial- militar requerimos de inteligencia operativa que antes que el enfrentamiento directo con las bandas de narcotraficantes, privilegie la captura de los principales capos y cabecillas de las mafias. Complementariamente, en el campo político- institucional debe denunciarse las formas sutiles de penetración financiera del narcotráfico en las campañas electorales, y junto a ello la vigilancia ciudadana para que las sanciones sean fuertes y drásticas contra los magistrados, jueces, policías, militares y políticos envueltos en el tráfico ilícito de drogas. Hay políticos metidos en el negocio, como el de una congresista autodenominada “nacionalista” cuyo caso hasta este momento ha pasado por agua tibia, con el silencio cómplice de muchos de sus colegas y de cierto sector de la prensa nacional.

En lo económico- productivo y ambiental- climático, debemos iniciar proyectos de desarrollo sostenible que privilegien los sistemas agroforestales y la reposición de la masa boscosa perdida, y que en el proceso productivo involucre integralmente la cadena de la producción. No es sólo sembrar y cosechar sin saber cómo y a quien vender. Un sistema crediticio con asistencia técnica directa, dotación de valor agregado a la producción, sistemas de transporte eficiente (articulación vial), mejoramiento de la infraestructura de comercialización y conquista y posicionamiento en los mercados, son piezas importantes para este desarrollo. No hay que pasar por alto que el narcotráfico distorsiona significativamente la economía regional y en Perú es el responsable de la deforestación de 2 millones y media de hectáreas de bosques y de la contaminación de ríos y suelos.

Y finalmente, en lo geopolítico que está ligado al desarrollo fronterizo hay que nuclearizar las poblaciones a partir de la dotación de servicios básicos y la creación de mercados subregionales, y por supuesto, instalar bases de control de las fuerzas armadas en zonas de frontera estratégicas. Es de idiotas oponerse a que el Perú, en legítima salvaguarda de su soberanía nacional, instale una base en el Putumayo o en el Yavarí con el sambenito ése de que la instalación de una base militar peruana obedece a algún plan de expansión norteamericana. Es tiempo de confrontar y derrotar la estupidez si no queremos más de lo mismo en los próximos años.

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