Es muy difícil escribir cuando en estos momentos un proyectil puede estar matando a un niño o mujer indefensa en los territorios de Palestina quebrantando la legislación internacional y el sentido común. Que mientras usted lectora o lector este leyendo esta crónica un niño está siendo apaleado brutalmente por los soldados israelíes. Los hospitales palestinos están abarrotados de heridos y muertos. Las fotografías de personas dañadas por las bombas son espeluznantes; daños colaterales llaman para banalizar una injusta muerte, una bomba a caído en una residencia de personas con discapacidad. Por diferentes razones leo la narrativa emocional del Estado de Israel y por eso uno no da crédito a lo que está pasando. La experiencia de los pogromos en su historia fue terrible, sangrante. Las persecuciones por razones de ser judíos en la Segunda Guerra Mundial y cuyo punto final fue el Holocausto, hecho que negó la condición humana a judíos, gitanos y homosexuales, es decir, a los humanos. Se exige, exigimos, que no se vuelva a repetir ese genocidio en los campos de concentración. Nunca más. Por toda esa historia de sufrimiento, exilio, indiferencia al sufrimiento de los otros que tiene la construcción del Estado de Israel no se puede entender tanto ensañamiento con la población civil en la franja de Gaza. Que se detenga la matanza.

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