Apostillas de viaje

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Por diversas circunstancias he podido estar estos meses viajando de un lugar a otro y ligeros de equipaje. En mi estancia en algunos países africanos he podido ver el poderoso brazo de los grandes países sobre los pequeños, sumado al hecho que muchos de estos son Estados fallidos, representados por una familia o familias (bueno, el aupar en el poder a parte de la familia como los Trump no es cosa extraña del imán del poder). En una conversación con defensores de derechos humanos, en un país cuyo nombre no quiero recordar, cundía el pesimismo de la situación. Días después de la entrevista estalló la violencia en uno de los países de frontera y estos defensores eran los más temerosos frente al poder político y las represalias. En este mismo relato están el día a día en que la gente quería tranquilidad, poder acudir al trabajo, un sueldo digno y que se respeten las reglas del juego. Estaban muy cansados de los políticos y de sus excesos de vida cuando detentan el poder; la novela “EL brujo del cuervo”, de Ngugi Wa Thiong’o ilustra mucho lo que digo. En estos viajes de maletas e ilusiones percibía un soul de indignación contra ese océano de injusticia que vivimos, lamentablemente los decibelios que suena la canción es casi imperceptible para nuestros oídos taponados con cemento. En esta parte de Europa donde vivo cuando se aplican políticas de recortes por mayoría lo primero que hacen es derogar las leyes para que la ciudadanía pueda protestar – y lo curioso es que lo llaman democracia y liberal. Es el orden severo y sin bulla que gusta a esta democracia atufada de franquismo. Esta misma licencia de actuación también se observa en muchos de los países de América del Sur, se aplican políticas de ajuste estructural, casi desaparecen derechos sociales y se derogan a la vez leyes donde estaban consagradas el derecho a la protesta. En esta parte de Europa y en América del Sur está la moda de autoimponerse un techo al gasto público que no incluye el gasto de quien toman las decisiones y que están, claramente, orientadas a favor de las privatizaciones a todo tren. Un historiador inglés reseñaba que en Inglaterra desde que el servicio de trenes se ha privatizado este servicio había empeorado; muchos pueblos por donde antes pasaba el tren habían sido abandonados porque no era rentable para la empresa; el interés de construir país era lo de menos. Lo más increíble es ante todo este horror la mayoría de la ciudadanía está más metida mirando las “novedades” su móvil y para el resto que se derrumbe el mundo. Tenemos, desgraciadamente, una ciudadanía apacentada que le cuesta levantar la mano para disentir. El pensamiento único se ha impuesto a base de mano dura.

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